Cuando nos preguntan a qué nos dedicamos y respondemos que somos diseñadores se suele dar una situación bastante curiosa. Según de quien venga la pregunta, a nuestra afirmación le puede continuar una serie de réplicas del tipo:
- ¡Oh! Yo tengo un amigo que hace lo mismo. Pinta unos cuadros monÃsimos.
- ¿En serio? Y qué trabajas, ¿para Cocacola?
- ¡Ah! Pues debes de tener la casa super bonita, y unos muebles muy de diseño. Seguro, ¿no?.
- Mi primo también hace webs. La de la carpinterÃa me la hizo él. Me cobró 30€.
- ¡Ah!, pues a mi se me ha roto el ordenador, a ver si puedes pasar por casa y ayudarme.
Todas estas coletillas suelen acompañarnos a lo largo de nuestra vida profesional, pero la que realmente nos puede llegar a molestar es la última. Cierto es que los diseñadores tenemos fama de geeks, de early adopters tecnológicos. Si eres diseñador parece que estás obligado a ir conun portátil a cuestas siempre (ya sea Apple o Pc), escuchar música con un Ipod, y estar a la última en cualquier rollo tencológico. Y suele ser asÃ, pero de ahà a ser ingeniero informático hay un mundo señora.
Sabemos instalar una impresora porque ya hemos sufrido ese problema antes. Conocemos algo de HTML, CSS y ASC3 porque es nuestro trabajo. Utilizamos ordenadores porque es nuestro medio. Pero lamento decir que no hemos escrito el código de Windows7.
TecnologÃa y ser diseñador es una relación simbiótica. A nosotros nos gusta la tecnologÃa, y a la tecnologÃa le gustamos (de todos es sabido el pésimo gusto a la hora de diseñar interfaces que se gastan algunos programadores). Nos gusta usar la última versión de Photoshop, seguir postulados de David Carlson desde nuestro Apple con el último sistema operativo, probar códigos novedosos de AJAX o hablar en nuestro blog de la última campaña de Diluvia.

¡No soy un estereotipo!
SÃ, somos hijos de la tecnologÃa. Y nos gusta. Pero para instalar una impresora mejor llama al primo de la web de 30€. Seguro que él también sabe.